La educación tradicional enfrenta una crisis existencial. La velocidad a la que la tecnología y la cultura evolucionan ha generado un vacío entre lo que los estudiantes necesitan y lo que se les enseña en las aulas. Para cerrar esta brecha, surgió el modelo educativo disruptivo, una propuesta pedagógica que pone al estudiante en el centro del proceso de aprendizaje.

El fundamento de este enfoque es la idea de que aquello que no cambia, perece. La educación debe anticiparse a los cambios y adaptarse para liderarlos. Mario Ariel Quispe, pedagogo y miembro de la Jefatura de Enseñanza Aprendizaje (JEA) de la Universidad Franz Tamayo (Unifranz), sostiene que el corazón del modelo educativo disruptivo es el estudiante.

En este paradigma, el estudiante deja de ser un receptor pasivo de información para convertirse en un sujeto activo, reflexivo y creativo. El error se entiende como parte del proceso y la exploración se valora como motor del conocimiento. Esto fomenta la autonomía, la toma de decisiones y la participación en la planificación del propio aprendizaje.

El papel del docente también cambia radicalmente. Debe desarrollar habilidades emocionales, tecnológicas y pedagógicas para generar experiencias de aprendizaje activas y colaborativas. La empatía y la comunicación se convierten en herramientas esenciales para construir entornos de confianza y respeto donde el pensamiento crítico florezca.

La transdisciplinariedad es otro pilare fundamental del modelo educativo disruptivo. Los problemas contemporáneos no se pueden resolver desde una sola perspectiva, por lo que la educación debe integrar saberes, conectar ideas y fomentar una visión global de los problemas.

El entorno educativo también cambia. Las aulas tradicionales dejan paso a laboratorios, talleres, entornos digitales y espacios abiertos al diálogo y la experimentación. El aprendizaje ocurre en cualquier lugar donde haya curiosidad y propósito.

La investigación y la extensión social también son componentes clave del modelo. La educación no puede quedarse encerrada entre cuatro paredes. Tiene que dialogar con el mundo, investigar sus problemas y aportar soluciones.

Finalmente, el modelo propone una internacionalización amplia. Debe preparar ciudadanos capaces de desenvolverse más allá de sus fronteras. La apertura global impulsa la empatía global y fomenta una formación que combina la competencia profesional con la conciencia planetaria y el respeto por la diversidad.

En esencia, el modelo educativo disruptivo busca formar personas autónomas, críticas y creativas, capaces de aprender a lo largo de toda la vida y de aportar soluciones reales a los desafíos contemporáneos. No se trata de adaptarse al futuro, sino de construirlo desde la educación.

Análisis de riesgo:

El modelo educativo disruptivo implica un cambio cultural significativo en la educación tradicional. Sin embargo, si no se implementa correctamente, puede generar una resistencia inicial por parte de los docentes y los estudiantes.

Además, el aumento de la tecnología y la digitalización puede generar desafíos en la formación de habilidades emocionales y sociales esenciales para el aprendizaje significativo. Es fundamental que se diseñen estrategias efectivas para abordar estos riesgos y garantizar un proceso educativo integrado y sostenible.

Por otro lado, el modelo educativo disruptivo puede generar oportunidades nuevas de colaboración y aprendizaje entre estudiantes y docentes procedentes de diferentes países y culturas. Esto puede fomentar la empatía global y la comprensión intercultural.

En conclusión, el modelo educativo disruptivo es una propuesta innovadora que coloca a la persona en el centro del proceso educativo. Sin embargo, su implementación exige un cambio cultural significativo y una estrategia efectiva para abordar los desafíos y oportunidades asociados con esta transformación.