Santa Cruz de la Sierra, una ciudad en constante crecimiento, se caracteriza por un fenómeno urbano que a menudo pasa desapercibido: la autoconstrucción. Esta práctica, aunque asociada a precariedad, es vista por algunos expertos como una oportunidad para abordar el déficit habitacional y reducir los costos.

La ciudad ha crecido a un ritmo cercano al 5% anual, lo que supone la llegada de unas 80.000 personas cada año. A ello se suma un déficit habitacional histórico que se agrava con esta presión demográfica. Estudios del CEDURE y proyecciones del INE estiman que más del 45% de las nuevas viviendas construidas en la capital cruceña en los últimos años corresponden a procesos de autoconstrucción.

El urbanista Fernando Prado describe la situación sin rodeos: la autoconstrucción en Santa Cruz existe desde hace décadas, pero no ha evolucionado en medio siglo. Según afirma, los programas de vivienda social —que por Constitución deberían ser políticas estatales— prácticamente no han llegado a la población.

Sin embargo, algunos especialistas sostienen que la autoconstrucción podría ser una oportunidad si se canaliza adecuadamente. El arquitecto Danko Araoz, especialista en vivienda social, sostiene que la asistencia técnica adecuada podría reducir los costos hasta en un 30%, especialmente mediante la racionalización del diseño y el uso estratégico de materiales reciclados.

La autoconstrucción también puede fortalecer la cohesión social: grupos vecinales pueden organizarse como en un pasanaku para construir colectivamente, turnándose entre viviendas. En un contexto donde los índices de criminalidad y violencia intrafamiliar van en aumento, este tipo de cooperación comunitaria podría convertirse en una herramienta para recomponer el tejido social.

Análisis:

La situación en Santa Cruz de la Sierra es compleja y requiere una abordaje integral. La autoconstrucción, aunque asociada a precariedad, puede ser una oportunidad si se canaliza adecuadamente. Sin embargo, la ausencia de planificación y asistencia técnica adecuada impide que esta práctica sea sostenible.

Para avanzar hacia una inclusión urbana real, el municipio tendría que invertir en los barrios periurbanos con infraestructura de calidad —no solo calles y mercados, sino equipamientos que generen vida y pertenencia— y hacerlo, además, con participación activa de los vecinos. Es hora de eliminar obstáculos institucionales y priorizar la vivienda social y la urbanización sostenible.

Pero la pregunta es: ¿están dispuestos a abordar este desafío? La respuesta es incierta, pero lo que está claro es que la ciudad no puede seguir creciendo sin un planeta.